El vino no es coca cola

En el mundo globalizado podemos confundir lo que se vende con lo que de hecho es bueno. Nuestra falta de personalidad y la desmedida influencia de ciertos críticos, así como el poder del marketing, están tornando a la industria del vino en algo muy previsible.

Por Luiz Henrique Marcondes

Sería una lástima que, a la luz de lo que dicen algunos críticos, determináramos que, para que sea bueno, un vino tiene que ser tinto, tener cuerpo, no ser traslúcido… tal y como son los vinos de la región de Bordeaux. ¡Y si no, no sirve!

No hay duda que los más importantes châteaux de Bordeaux  producen todavía los mejores vinos del mundo para enólogos y no enólogos. Si le damos a probar a la mayoría de la gente un vino premier cru de Bordeaux, será difícil encontrar uno que no le guste, ¡pero imponer una categoría única para que un vino sea bueno es lo mismo que decir que solamente las rubias son lindas!

¿Y entonces dónde se ponemos a las morenas de ojos azules? ¿Y a las pelirrojas con pecas?

Me parece ridículo que el mundo se rinda a los pies de los críticos estadounidenses, y que éstos se estén convirtiendo en los únicos que deciden sobre la calidad de los vinos del mundo.

Juzgar un vino siempre ha estado relacionado con el hábito de tomárselo todos los días, y no con el poder adquisitivo. En este sentido, ¿qué tradición tiene un estadounidense para juzgar un vino europeo?

Es cierto que se puede emplear nuevas tecnologías para mejorar un antiguo terroir europeo o iniciar un nuevo viñedo en cualquier lado del Globo, pero cambiar sus características o personalidad para ser aceptado por un crítico me parece por lo menos una falta de actitud.

La verdad, como siempre y en todo, el dinero manda, y ahora que los Estados Unidos se han interesarse en el vino, hasta cierto punto resulta lógico que los productores les hagan reverencias y se queden callados ante la mediocridad de su crítica.

El poder estadounidense intimida a los productores europeos y a los de otros continentes que, ante tal  presión, comienzan a tratar al vino como si se tratara de una coca cola con 15 grados de alcohol.

Lo mejor del vino radica tanto en sus diferencias como en la naturaleza. Descubrir algo nuevo al abrir una nueva botella, sentir la diferencia entre un vino de Borgoña y uno de la Toscana.

No  hay duda de que hoy en día se produce buen vino en Napa Valley, pero hay que pagar más por una botella de un californiano que de un europeo.

Cómo podemos dejar de apreciar un buen torrontés argentino o un tokay húngaro. ¿Cuántos buenos chardonnay de varias partes del mundo podemos tomar contra una botella de Robert Mondavi? Al parecer, se confunde marca con terroir. Puro marketing profesional al servicio de más utilidades para los estadounidenses.

No hay duda que un Petrus y un Margot son casi que inigualables a cualquier otro vino,  pero ahí se trata de una región, o mejor dicho de un terroir. Aunque no hay por qué creer que la vida sólo hay vinos de Bordeaux.

¿Y los de Borgoña adonde se quedan? ¿Y los de Rioja? ¿Para qué producir un  bordeaux en todo el mundo? Muy al contrario, es mejor sacar lo mejor de cada vino conforme su terroir.

Viva la transparencia de los borgoña. Vivan los salados del Valle de Guadalupe.

Infelizmente nos falta personalidad a los consumidores. Decir que nos gusta un vino simplemente porque leímos una crítica favorable es como decir que nos gustó una película sólo porque un crítico dijo que era buena.

Mucha gente compra vinos porque uno u otro crítico afamado le atribuye una nota de 90 puntos, sin darse cuenta que el vino tiene que ver con el gusto personal.

¿Cómo puede alguien pagar mas por una botella de Robert Mondavi que por un buen vino europeo? ¿Cómo puede apreciarse más un vino de Napa Valley, hecho en grandes cantidades, que un vino artesanal del Valle de Guadalupe?

No es que los Mondavi sean malos, pero valen seguramente menos de la mitad del precio que tienen en las tiendas duty free del mundo. Al menos para mí, la cuestión es simple: el vino tiene que ver con el terroir. Por más tecnología que se invierta, es imposible alcanzar una altísima calidad si lo que se quiere es producir cantidades industriales.

Sugiero y recomiendo a los amantes del vino y a los que están iniciando su trayectoria por este vasto e interminable asunto que vean el documental Mondovino de Jonathan Nossiter. Se trata de una divina y fascinante bomba contra la hipocresía estadounidense.

Que vivan los antiguos terroires de todo el mundo y que viva la diferencia entre los pueblos.

¡Salud!


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